Bastó un agota de sabia roja derramada sobre el tronco gris,
para
que le reventaran
sobre el pecho un millón de flores transparentes.
No
le quedó ni una sola rama sin la sutil fragancia de pétalos
tiernos, y se pudo respirar la vida sin que se despertaran las
desdichas.
Bastó
un viento de temores fuertes, y las raíces se enterraron hasta los
laberintos bordados por duendes y mariposas. Y quedó ahí con la vida,
rígida en el vaivén de las horas, grabando la piel con grietas de
suspiros y caricias nuevas. El placer se extendió hasta el infinito y se dobló la cintura enterrada hasta el centro del
fuego.
Quiso
volar con alas fuertes, y llegó hasta donde sus raíces le
permitieron.
No
verá las semillas reventar, pero guardó su aroma en un cofre de plumas y ébano. Desde allí las visiones se cruzan con la
angustia de
saberse ala y raíz.