Se
mira y no se reconoce, han sido manos ajenas las que le han ido
dando
forma. En la bruma de sus recuerdos, de vez en cuando, aparece
la
imagen de una niña-mujer acostada en su lecho, sintiendo un
vértigo en el centro de su cuerpo, mientras aquellas primeras manos
bordeaban el contorno de sus labios con la piel suave de la punta de
los
dedos. Así descubrió su boca, así supo que un flujo eléctrico
podía
apoderarse de su piel y retorcerla sobre un cuerpo extraño que
decía
amarla. Conoció aquellas manos de artista que supieron, con
maestría, construirle cúpulas inmensas sobre sus senos pequeños, y
levantar catedrales sobre su pecho.
Aquel
hombre-artista fabricó glaciales, murallas, rascacielos con su
frágil
piel de seda, y deslumbró su vida, entre viajes y academias,
entre
genios y libros, con toda la belleza que un artista puede
ofrecer entre sábanas y besos.
Pero
todo acaba, y los mosaicos, las catedrales y el afán de
sabiduría se convirtieron en pesadilla de soledades entre páginas
amarillas sin vida propia.
Luego
llegaron las noches de tambores y risas, de carcajadas bajo
palmeras y arenas calientes. Fueron las caderas las que ardían
en
fuego con las palmadas frenéticas de unas manos grandes y rudas,
fuertes y morenas, arrebatadas en la rumba loca de la vida. Y la
mujer
conoció la pasión brutal de las noches de brujerías
y
pasiones recias. Con fuego le marcó su alma, y clavó la lujuria en
su
mirada.
Pero
el cuerpo se cansa y las pasiones mueren con el frío de las
lunas
nuevas, y la noche volvió a sus silencios, y las tinieblas del
dolor
arrancaron la piel, dejando un deseo de paz subir por las
piernas lentas y los brazos extendidos hacia el cielo.
Ya no
esperaba más, satisfecha construía ahora sus propios templos, y
tejía
un bordado de paz sin esperanzas. En las tardes largas subía
las
colinas para mirar a lo lejos una extraña luz que la llamaba.
Escribía sobre su piel los recuerdos, y colocaba en su cajita de
bronce
sus silencios.
Pero
una voz de tierra la despertó a la ilusión, musitándole al
oído
un poema:
"Una
mujer sin compasión me dijo:
-Sírvete de mí lo que quieras,
y
tanto me serví
que
hoy nubla mi razón.
No sé
si vivo fuera o dentro de su corazón."(*)
Este
hombre-hierba-raíz, este hombre-patria, bandera, vértigo de
Sierra, manantial fresco, flor silvestre, la arrastra entre olores
de
miel y
de canela, la humedece con las aguas tibias en tardes de
brumas
y quimeras. La dobla con la calma, reclinada en su hombro. Va
pintando con pinceles finos cada poro, y secando sus lágrimas de
poeta.
Este hombre -duende reconoce y acepta a la niña-vieja cubierta
de
tatuajes, que sabe reír y llorar, cantar y maldecir sobre el
estiércol y las flores que le ofreció la vida.
La
magia del duende la envuelve, mas no sabe si vive fuera o dentro
de su
corazón. Aún así sigue ilusionada y viva.
(*)
Versos de canción popular del grupo musical 4/40
Carmen
Amaralis Vega