Ante
mí la ventana inmensa, tan inmensa como la vida. Llevo un rato
contemplando esa imagen que cruza etérea de un lado para otro en
mi
jardín exterior. Pareciera que no descansará
nunca.
Me causa angustia ver la agonía con que cava un
pozo profundo en el
centro del jardín. Quiere encontrar agua para los
pajaritos que
revolotean sedientos en las copas de mis árboles
en esta temporada
árida tan larga, larga.
Son mis árboles, míos, yo los sembré y les he
visto crecer. Son mis
pájaros, míos, yo les he construido nidos y le he
dado alpiste,
sombra y paz.
-¿Qué haces, padre, qué haces? Ya puedes irte, yo
no temeré mi
orfandad, no temeré. Me acompaña tu recuerdo, el
canto de mis aves y
el verde de la vida.
-Hija, aún no he terminado mi encomienda, debo
dejar listo el
manantial donde calmes tu sed infinita, te
conozco. Si dejo la obra
incompleta, desgarrarás tus manos con la tierra
dura que te rodea, y
morirán a destiempo todas tus ilusiones.
-No te afanes, padre, descansa en paz, aún me
queda la alegría de
vivir, y tu sombra en mi ventana.
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