Llevo meses mirando por el ojo del universo para ver si aparecen las entrañas de mi amigo. Temo que se disolvieron entre las líneas de
algún poema.
No se puede ser juez y poeta. Resulta muy peligroso, puedes hasta
perder la vida sumergido en versos y rimas. Eso creo que ha sido lo
que le ha pasado a mi amigo, allá por las montañas que separan dos
países del sur: uno largo y delgado, y el otro largo y barrigón por
su geografía próxima al cielo y al hielo.

Siendo poeta le conocí, y siendo poeta le perdí sin esperanzas. ¿A
quién se le puede ocurrir ser juez de apelaciones y en medio de un
juicio por corrupción recitar una oda al servicio público
desinteresado, a la ética y la moral, al amor, a la patria y al
dolor de los pueblos?

Solamente a un poeta le pudo pasar por su mente, en medio de una
interlocución a unos ciudadanos contrabandistas de cuello blanco,
poderosos por su dinero ajeno, dar un discurso
forrado de prosa lírica, donde denunciaba, entre metáforas, que había
que exterminar la corrupción rampante y decir, entre ensueños y
realidades, que se enfilarían las armas del deber y la honestidad
contra todo lo malo que le acontecía a su país delgado y empobrecido.

No bien se suspendió el veredicto de causas hasta la próxima sesión
jurídica, mi amigo el juez desapareció con todas sus hermosas
palabras a cuesta y su sentido de justicia amordazado. Llevo tres
meses tratando de localizarlo, su esposa ha recibido llamadas
inquietantes, insinuando un secuestro voluntario. Un amigo íntimo
recibió un correo electrónico donde le indicaba que no se
preocuparan por él, que todo estaba bien, solamente que por un
tiempo no podría dar la cara a la lírica ni al verdad. No sabemos si
es cierto lo del secuestro o si está voluntariamente escondiéndose
entre arenas y reproches.

Temo que le arranquen la lengua si se le ocurre declamar otra vez
con su toga bien planchada en un juicio de desalientos y desatinos.
Temo que se haya ido al desierto del norte a repensar sus delirios
poéticos, encaminando sus pasos por senderos más realistas, menos
afanosos, sin arriesgar su pescuezo por unos ideales pasados de
moda, como esos de amar la humanidad y hacer el bien, limpiando los
pasillos del universo de las garras del dolor y la muerte vestida de
blanco. Al fin de cuentas la belleza y la maldad son hijas del amor.


Carmen Amaralis

LA DIOSA MADRE