¿Tienes miedo?
—Sí, en las noches.
—No lo permitas, saca esos pensamientos negativos de tu
cabeza.
Claro, para mí es fácil decirle: No tengas miedo. Pero habría
que ver, ¿qué se siente cuando se sabe que ese maldito gusano va
regándose por todas las células de tu cuerpo? Y miras tus
espacios dándote cuenta de que todo lo que te rodea se queda y,
tú te vas al vacío.
Se queda tu carne en los hijos, tus rosas de porcelana, tus
copas de Bacará, y la risa olvidada queda resonando en un eco
quejumbroso en algún bosque. Sabiendo que la luz de tu mirada se
apagará en cualquier fuego distante. No es fácil decir adiós,
justo cuando sabes que tienes
mejor capacidad
de amor, de análisis, de razonamientos; que tu verdad es más
cierta que nunca, y que es ahora cuando mejor puedes dar un
consejo. Se te acabarán las palabras, ya no habrá más poesía, ni
historias, ni quejas que escribir.
Termino mi visita y me marcho muy cansada, tanto que me
duelen los huesos. No quiero pensar, tengo la sensación de que
me duele también la piel. No puedo ni siquiera levantar un vaso.
Me pesa su muerte próxima. Es como si la cargara yo sobre mi
espalda. No puedo hacer nada, me duele la impotencia. ¿De qué
sirve amar tanto?, me pregunto.
Llego a mi casa y hasta los muebles me miran burlándose de mi
desgano. Comienzo a gritar y gritar hasta desgarrarme la
garganta. Quizás mis gritos despierten a los duendes malditos,
esos que han hecho la mala jugada de querer llevarse a mi amiga.
Se acerca la noche. En estos momentos ella se encuentra sudando
de miedo.
Carmen Amaralis