Se acabaron
las bobadas, hoy piensa exigirle a su amado que le
dedique más tiempo a sus pezones. Ya son
cuarenta años de esperar y esperar que se deslice alguna lengua mojadita y
suave por su cuello, y siga rodando lentamente hasta la curva erecta
de las rosetas virginales que coronan sus senitos de niña de
quince años. Si, aún no le crecen, y sigue teniendo senitos rígidos y
tiernos. El conjuro se logró aquella noche en Londres.
Recuerda el momento en que se desvistió delante
de Doña Tecla en
aquella excursión por Europa. Doña Tecla se lo
pidió, necesitaba
untarle un bálsamo que le aliviara las ronchas
de una alergia
provocada por un paseo a lo largo del jardín de
las rosas negras de la Reina Isabel. Las ronchas rojas le ardían
mucho, causándole una sensación extraña de placer y dolor. Le cubrían
desde los pies hasta la cabeza.
La vieja entró semidesnuda a su habitación con
el frasco de medicina en sus manos grandotas y arrugadas. No sabía qué
hacer con su confusión. Doña Tecla parecía una bruja sensual,
desgreñada y cálida, con unos pezones gigantescos bordando
unas tetas
descomunales colgándole sobre la barriga. La
idea de parecerse a
ella cuando tuviera su edad le paralizó hasta el
alma, y con todas
las fuerzas de su corazón suplicó un conjuro a
las cien mil
vírgenes para nunca tener las tetas como las de
su institutriz.
De pie y frente a ella, en el centro de la
habitación, la vieja se
entretuvo acariciando su cuerpo, mientras la
cubría con el bálsamo
refrescante. Friccionaba y friccionaba con
suavidad lujuriosa sus
senitos de frágil adolescencia. Frotaba y
frotaba con delicadeza
sus areolas rosadas y tiernas, hasta el punto de
causarle una
erección de almendra a sus pezones. Los jugos
íntimos comenzaros a deslizarse por su entrepiernas y no pasó mucho
tiempo en que unos espasmos incontrolables le hicieran temblar de
placer. Sus piernas se debilitaron mojadas con sus jugos tibios. No
alcanzaba a
comprender de dónde provenía aquella locura de
sensaciones por todo su cuerpo. Se le nubló la vista y comenzó a
retorcerse con unos espasmos tan violentos que hasta se le borró la
sensación de
espacio, y millones de rayos luminosos cubrieron
sus ojos, al borde del desmayo. Se deslizó en la cama a saborear el
delirio que se derramaba por todo su cuerpo virgen.
Doña tecla entró en un trance desconocido, y
terminó retorciéndose a su lado, mientras frotaba y frotaba sin control
los pezones
endurecidos como diamantes cortantes. El delirio
las envolvió a las dos, y terminaron en un éxtasis tan grande que
retumbaban hasta las paredes de la suite del hotel Weimham, donde se
hospedaban con otras tres párvulas americanas en aquel verano
inolvidable. Cuando al fin abrió sus ojos, aún nublados de placer, las
otras niñas las contemplaban arrebatadas. No podían creer lo que
sus ojos veían y reían a
carcajadas,
descontroladas y delirantes.
Han pasado cuarenta años, y Tiota se pregunta
por qué su amado, por más que se lo ha pedido, nunca se detiene
suficiente tiempo en
acariciarle sus senos. Pero ya hoy lo tiene
decidido: hoy se lo
exigirá. De su mente jamás se ha borrado aquel
placer intenso que le causó la fricción de las manos arrugadas y
viejas de su institutriz.
Mario debería conocer ese secreto y satisfacer
su fantasía. Si tan
sólo le friccionara con su lengua mojada por dos
minutos, en lugar
de concentrarse en bajar hasta el vientre, ella
volvería a sentir aquel ardor intenso entre las
piernas, y
se desbordaría como se desbordó
en jugos celestiales con la fricción
de
aquel bálsamo bendito en Inglaterra.
Parece mentira que el recuerdo de una vieja
tenga más poder que un
hombre en frenesí sobre el cuerpo que se le
brinda entre suspiros y pezones tiernos.
Carmen Amaralis