Salté en caída libre y me hundí hasta lo más profundo. Fui bajando,
bajando, bajando. Ya no tenía más aire en los pulmones y la presión
del agua me hacía reconocer que perdía el sentido. Dejé de bajar y
la fuerza boyante sumada a mi grito mental me devolvieron a la
superficie. El agua me llamaba con fuerza, siempre lo hace, debo
haber sido pez en otra vida. Yo puedo, pensé, y antes que la razón
me contradijera, di el salto desde el puente del deseo.
Ya a flote reconocí la distancia hasta la orilla, y nuevamente pensé
que podría nadar hasta la arena dormida. A mitad de trayecto los
brazos me dolían, las piernas se debilitaron y un calambre egoísta
disparaba corriente en todas las direcciones de mi cuerpo. Supe que
era imposible llegar a la orilla, y fue entonces que invoqué a los
dioses del mar y no me escucharon, clamé a mi ángel de la guarda y
se rió de mi osadía.
-Nunca has sabido medir las consecuencias de tus actos.
Fue el reclamo del ángel, mientras yo sucumbía a lo que más se puede
parecer al pánico. Pero no, yo no me puedo morir ahora, aún me
quedan lecturas por hacer, besos en la boca, y necesito sembrar la
semilla de mango que espera su punto exacto sobre la mesa del jardín.
El sol me nublaba la vista y la sal ardía como arde en una herida
abierta, y yo ahí, revoloteando como pájaro herido, como loba en
parto, o ninfa sin amor.
No puedo morir, me repetía con la poca fuerza que me quedaba. Y no
pude. Simplemente me crecí aletas de tiburón, escamas de sirena y
ojos de delfín, y con mi traje más azul, soplé la imaginación, las
olas crecieron hasta que una avalancha de deseos vivos me trajo a la
orilla.
Ahora se que puedo nadar eternamente.
Carmen Amaralis